La oveja: cuestion de confianza

El rebaño había marchado y ella había quedado atrás. Llevaba unos días débil y ahora era evidente que estaba sufriendo de toxemia de gestación. Algunas ovejas sufren este trastorno cuando la demanda nutricional de los fetos durante los últimos meses de preñez supera lo que la madre puede suministrar y su cuerpo entra en déficit. Es un trastorno metabólico que, si progresa, puede llegar a ser mortal. Tuvimos que priorizar la seguridad del rebaño, ya que este se disponía a hacer un tramo de un kilómetro por carretera con nosotros a pie, y la vida de novecientas frente a una tiene un gran peso.

Al volver al sitio donde la oveja se había echado hacía ya más de vente minutos, esta no estaba. Se conoce que había intentado seguir al rebaño por instinto. Empecé a llamarla como solemos hacer y a seguir el rastro del rebaño con la furgoneta a baja velocidad. Finalmente apareció a unos vente metros, tirada entre unas zarzas al lado de una tierra de maíz. La oveja pesaba por lo menos ochenta kilos y no podía andar. Con esfuerzo conseguí arrastrarla hasta el medio del camino, donde tenía aparcada la furgoneta con la puerta trasera abierta. Iba a ser difícil hacer que llegara a ella en su estado y, para colmo, eran las doce de la mañana un día de trenta grados en verano. De manera inesperada, según la oveja vio la furgoneta, ella sola se puso en pie y, con esfuerzo, subió al vehículo sin mi ayuda, donde se desplomó y me miró. Solo tuve que cerrar la puerta y llevarla a la majada. Gracias a tener algo de experiencia con la toxemia, en cuatro días la oveja volvió al rebaño sana y fuerte. Dos meses después parió tres corderos.

Me emociono al recordar ese día. Esta oveja ya no está en nuestro rebaño porque cumplió la edad. Aunque era algo cabrona y bastante floja, fue una de las primeras ovejas que compramos antes de dedicarnos profesionalmente a la ganadería, y por eso le guardamos cariño. Aquel día me demostró una de las cosas más difíciles y bellas que te puede dar un animal: la confianza.

No es fácil ganársela. Si bien un manejo adecuado es esencial, es el tiempo el que manda. La paciencia es algo que se entrena a diario en este oficio. Puedes hacer todo por el libro y, aun así, no ganarte la confianza de tus animales.

Durante años repetimos los mismos gestos sin pensar demasiado en ellos: la misma voz para llamarlos, los mismos horarios, los mismos caminos. Para nosotros forman parte de la rutina, pero para los animales esa repetición construye un mundo predecible que les genera seguridad. Esto también funciona al revés. Con el tiempo empezamos a reconocer las caras, los comportamientos y las necesidades de cada animal. Del mismo modo, aprendemos a reconocer cuándo el rebaño se estresa, está tranquilo o no piensa colaborar y hay que mandar al carea a poner orden.

Un factor crucial es la personalidad de cada animal. Algunos nacen cariñosos y desde el principio vienen a ti para que los acaricies y no se espantan; otros, por el contrario, nunca dejarán que los toques. Es el caso de la oveja que protagoniza esta historia. Siempre distante, era un animal tranquilo que rehuía cualquier gesto de acercamiento. Es por esto que su gesto significó tanto para mí.

Aunque nunca lo hubiera demostrado antes, aquel día, encontrándose en un momento tan delicado, me demostró que sabía dónde iba a encontrar refugio. Esto no lo puedo decir con certeza, ya que ni ella era humana ni yo oveja, pero después de años de complicidad y reciprocidad, así lo sentí.

Y estoy seguro de que muchos ganaderos saben exactamente a lo que me refiero.

Scroll al inicio