Un arbol caido: deporte y trabajo

Cada verano el pueblo se llena de gente, y esto se nota en el campo. Cuando madrugamos las ovejas para adelantarnos al calor es común encontrarse con ciclistas, gente paseando y algunos corriendo. Muchas caras se vuelven familiares al coincidir nuestras rutinas a la misma hora en un mismo lugar durante varios días.

Este día, tras una tormenta de verano, un pequeño chopo cayó sobre un camino de tierra a la salida del pueblo. No impedía el paso por completo, pero ocupaba buena parte de él. Es una zona muy transitada ya que, a parte de cruce de caminos, es un lugar fresco y agradable para dar un paseo de tarde.

El árbol permaneció allí semana y poco hasta que tuvimos un hueco en la rutina para serrarlo. Es algo que hacemos encantados, ya que nos gusta ver las zonas donde trabajamos limpias y curiosas.

Sin embargo, la época del año nos hizo reflexionar: con tanta gente como hay ahora en el pueblo, ¿cómo nadie dedicó un poco de tiempo a retirar este árbol?

Más que falta de interés o voluntad, lo que vemos es una manera diferente de pensar.

Por un lado, se entiende que la responsabilidad recae sobre el ayuntamiento o autoridad competente. Es una expectativa perfectamente razonable. Pagamos impuestos y esperamos unos servicios a cambio. Ahora bien, el mantenimiento institucional tiene unos tiempos que no siempre coinciden con las necesidades diarias. Es probable que el árbol hubiera permanecido allí de dos a tres meses antes de ser retirado por esta vía.

Al mismo tiempo, también ha cambiado el significado del esfuerzo físico. Para muchas personas, cuya vida laboral es cada vez más sedentaria, el deporte se ha convertido en una forma de ocio y de cuidado personal. Retirar un árbol con una sierra exige un esfuerzo físico similar al de salir a correr durante un rato y, sin embargo, casi nadie percibe ambas actividades de la misma manera. Una se entiende como ocio; la otra como trabajo.

No hace tanto ocurría justamente lo contrario. Las labores del campo proporcionaban suficiente actividad física como para que correr alrededor del pueblo pareciera innecesario. El esfuerzo físico estaba vinculado al trabajo, no al ocio.

Por último, entra en juego la siguiente pregunta: ¿Por qué voy a dedicar tiempo y esfuerzo a limpiar algo que no me afecta directamente? Y es que, tal y como está planteada hoy la convivencia en el pueblo, esta manera de pensar es lógica. 

Hace pocos años este tipo de suceso se atajaba de manera colectiva a través de actividades como la hacendera. Los vecinos se organizaban y dedicaban ciertos días para limpiar molderas, sebes y caminos juntos. Algunos pueblos en la provincia siguen haciéndolo. Al repartir los problemas del pueblo entre todos, todo el mundo tiene que poner de su parte y todo el mundo disfruta de los resultados. Tanto lo bueno como lo malo se reparte, y lo que beneficia a tu vecino también te beneficia a ti. A mayores, cuando uno ha dedicado tiempo a limpiar un camino, también aprende a valorar el esfuerzo que supone mantenerlo en buen estado.

Cada época responde a necesidades distintas y también aporta cosas nuevas. Aún así, es difícil no preguntarse qué hemos ganado y qué hemos perdido como vecinos cuando una tarea tan sencilla como retirar un árbol deja de sentirse como una responsabilidad colectiva y pasa a ser problema de otro.

Scroll al inicio